¿Qué idiomas habló Jesús?

¿Qué idiomas habló Jesús?

«Tierra Santa» es el nombre con el que se conoce a los lugares donde tuvo su escenario la vida y ministerio de Jesús. A toda esa porción de tierra se la conoce como Palestina o «Tierra de Israel». Un pequeñísimo rincón enclavado en lo que hoy se conoce como el Medio Oriente. La superficie total del país es de unos 25 000 km un poco mayor que Belice o El Salvador.

Por Edesio Sánchez Cetina

El lugar de la infancia, la juventud y la mayor parte de la actividad de Jesús se ubica en Galilea, la provincia al norte de Judea, cuyas poblaciones principales se encuentran al lado oeste del lago de Galilea. Cuando se toma en consideración toda la geografía de Palestina, se puede decir sin duda que Galilea, en tiempos de Jesús, «era la región más bella y fructífera de Palestina» (Marín Descalzo: 44).

Esta realidad provocó que la mayor parte de las tierras cultivables quedaran en manos de unos cuantos latifundistas —casi todos ellos residentes de Jerusalén. El resto de la población la componían una pequeña clase media —artesanos y pequeños comerciantes— y una abundante masa de gente pobre. Además se añadían los mendigos y pordioseros que deambulaban por las calles y caminos.

A los galileos se les caracterizaba como «muy laboriosos, osados, valientes, impulsivos, fáciles a la ira y pendencieros. Ardientes patriotas, soportaban a regañadientes el yugo romano y estaban más dispuestos a los tumultos y sediciones que los judíos de las demás comarcas» (Martín Descalzo: 44).

A Galilea se la conoció como «Tierra de los gentiles» —i.e., «paganos» (Mt 4.15). Los habitantes de Galilea, ya fueran de las ciudades o de los pueblos, estuvieron en contacto constante con la cultura helénica, especialmente a través del comercio. Por Galilea iban y venían productos locales de Palestina o de otras provincias y países. De Palestina salían al exterior, aceite de oliva, vino, dátiles, cebollas, tintes y ciertos tipos de bálsamos y fragancias. De afuera llegaban: atún y mariscos de España, vegetales, legumbres y semillas para la siembra procedentes de Egipto. Llegaban sandalias de Tiro y Laodicea, ropas de pelo de cabra de Cilicia, mantos finos de la India y piedras preciosas de Arabia. También se importaban baúles, bancos, hornos portables de barro, vasijas y lámparas de Grecia y Asia Menor. Además no era difícil encontrar canastos, sogas y papiros de Egipto y linaza de Siria (Applebaum: 670-674).

Jesús pasó la mayor parte de su infancia y juventud en Nazaret; un pequeño pueblo al suroeste de Galilea. De seguro Jesús y José participaron en esa gran cadena comercial por ser pequeños fabricantes de canastas, cofres para guardar ropa y muebles, además de los travesaños para las casas del pueblo (Matthews: 1988).

Vida cotidiana

El día empezaba al ponerse el sol. Al salir el sol de nuevo, la vida cotidiana era una mezcla de tareas laborales, educativas y religiosas. Las niñas aprendían los deberes propios de las mujeres en el contacto constante con las mujeres mayores de la familia, especialmente las madres. Los niños aprendían los oficios de los padres al acompañarlos en sus respectivos trabajos. Además, los padres eran responsables de enseñar los textos tradicionales que componían las oraciones y bendiciones que se repetían en el hogar y en la sinagoga.

Los niños empezaban a participar de la vida social tan pronto como pudieran practicar y entender lo que se hacía:

Un menor que ya no depende de la madre para su alimentación está obligado por la ley a sentarse en la enramada durante la fiesta de los Tabernáculos; si es capaz de agitar en el aire una rama de palmera, debe hacerlo; si puede enrollarse un pedazo de tela en la cintura, está obligado a llevar el cinto de la oración; si puede cuidar las filacterias, su padre deberá comprárselas; si puede hablar, el padre deberá enseñarle el shemá, la Torá y la lengua sagrada;… si el niño sabe cómo sacrificar animales, debe ejecutarlo de acuerdo con las reglas del kosher; si puede mantener su cuerpo limpio, deberá comer alimentos puros; si puede mantener limpias las manos, podrá comer alimentos puros con ellas; si puede comer… un pedazo de carne del tamaño de una aceituna, deberá ser capaz de sacrificar un cordero pascual para sí mismo (Safrai: 771-772).

En las escuelas (bet sefer o bet talmud), los niños aprendían a leer el texto sagrado en hebreo; debido a la falta de vocales en el texto bíblico consonantal, los niños debían aprenderse de memoria la lectura. Además del estudio de la Torá y los Profetas, los niños también aprendían la Misná o Ley oral.

La educación no incluía la escritura; esta se aprendía en otras circunstancias y estaba reducida a unas cuantas personas. «Las escuelas enseñaban a los pupilos cómo leer la Torá y los Profetas, a traducirlos, a recitar el shemá y las oraciones después de los alimentos; todo esto preparaba al estudiante para cumplir con sus obligaciones en la vida de la familia y de la comunidad» (Safrai: 952).

El niño empezaba a estudiar las Escrituras a los cinco años; a los diez años, empezaba el estudio de la Misná. Las clases eran todos los días, incluyendo el sábado. Estas se daban en las mañanas, y eran las madres quienes generalmente llevaban a los niños a la escuela.

En la mayoría de los pueblos y ciudades, las familias que se dedicaban a la artesanía y pequeño comercio acostumbraban ir al mercado los días lunes y jueves. En esos días, los habitantes de las pequeñas aldeas no solo participaban de la vida comercial, sino que también asistían a la sinagoga para escuchar la lectura de las Escrituras. Esos días eran también días dedicados al ayuno.

El habla de la gente

En el hogar y en las actividades comunes de las ciudades y poblados de Galilea, los judíos hablaban arameo. Este era el idioma materno con el que todo judío crecía. Los intercambios familiares y de vecindario, las transacciones pueblerinas, todos se hacían en arameo.

El arameo era una lengua semita, emparentada al hebreo (algo así como la relación entre el portugués y el español). El arameo antiguo corresponde a la época que va del siglo IX al IV a.C. El arameo del período medio se extiende del año 300 a.C. hasta el 200 d.C. El arameo tardío se ubica entre los años 200-900 d.C. El arameo moderno es el que hablan hoy algunas comunidades arameas en el Medio Oriente, algunos lugares de Europa y en Estados Unidos.

El arameo de la época de Jesús corresponde al período medio. En esa época había varios dialectos del arameo: el arameo de Jerusalén y el Galileo que hablaron Jesús y sus discípulos. Este dialecto era fácilmente reconocible (Mt 26.73). Cuando un Galileo abría la boca no era raro que los judíos de Judea lanzaran una carcajada de burla.

Más y más eruditos concuerdan hoy que además del arameo, gentes de todas las clases sociales hablaban o conocían el griego común o koiné. Desde la época de Alejandro el Grande en el 330 a.C., el griego fue la lengua que acompañó la expansión del helenismo —cultura de los griegos. Así el griego fue penetrando en todas las esferas sociales de las comunidades judías. En los pueblos pequeños como Nazaret, los pobladores aprendieron y usaron el griego para las transacciones comerciales y para todo tipo de intercambio administrativo (regulaciones legales, contratos, impuestos, censo).

Jesús, el griego y el hebreo

Por todo lo anterior, no se puede rechazar la idea de que Jesús usara algunas veces el griego: «cuando predicó en Decápolis o Transjordania (Mt 4.25; Mc 3.8; 5.20; 7.31; 10.1) o cuando habló con Pilato» (Sevenster: 190). Y no sería nada extraordinario pensar que Jesús, en su juventud, usó el griego para negociar los productos de su trabajo entre comerciantes de habla griega.

El hebreo se usó sobre todo en los contextos religiosos. En la sinagoga, las Escrituras se leían en hebreo; la recitación del shemá y de las varias oraciones y bendiciones se hacía también en hebreo. Es decir, no había judío piadoso que no usara el hebreo, al menos en el contexto de la adoración y las oraciones.

Algunos judíos, como fue el caso de Jesús, usaron el hebreo no solo en las oraciones y lectura de las Escrituras, sino también en las discusiones. Sin duda Jesús usó el hebreo misnaíco cuando discutió con los maestros y doctos en las sinagogas (Mc 1.21), en el templo (Mc 11.17) y en los lugares públicos (Mt 19.3). En este contexto podríamos decir que el hebreo fue el idioma literario.

Si bien los idiomas antes señalados figuran como los más plausibles como idiomas que Jesús usó, es menester considerar que en la Palestina del siglo I de nuestra era, Jesús se topó durante sus largas caminatas con gente que hablaba otras lenguas y dialecto: el asdodeo, el samaritano, el fenicio, el árabe, el nabateo y el latín. Este último, aunque era el idioma de Roma, no figura como idioma importante de la vida de Jesús. Es probable que los habitantes de las pequeñas aldeas como Nazaret lo escuchaban en las discusiones entre los soldados romanos; pero nunca llegó a utilizarse como lo fueron el arameo, el griego y el hebreo.

Jesús y la vida de oración

Los judíos eran muy piadosos. Los momentos de oración y recitación de las Escrituras se daban tanto en los hogares como en las sinagogas. ¡Se han contado hasta cien bendiciones al día, incluyendo el shemá y las dieciocho bendiciones! Además de la bendición antes de los alimentos y de la oración de gracias después de ellos, los judíos oraban cuatro veces al día y recitaban el shemá dos veces al día. Todo esto se hacía en hebreo. Los hombres, a partir de los doce años, estaban obligados a cumplir cada una de estas prácticas, mientras que las mujeres, los niños y los esclavos solo lo estaban en las oraciones.

En la época del NT el shemá y las oraciones de la mañana y de la noche se hacían al mismo tiempo. En estos casos se recitaba el shemá (Dt 6.4-9; 11.3-21 y Nm 15.36-41), seguidamente se decían las dieciocho bendiciones —«Bendito seas Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Dios Altísimo, Dueño de cielos y tierra, Escudo de nuestros padres y protector de todos nosotros…»1 —y finalmente la oración correspondiente. Casi cada momento de la vida diaria del judío era ocasión para una bendición. La idea era: «está prohibido disfrutar cualquier cosa en el mundo, sin una palabra de bendición» (Safrai: 803).

Jesús, la oración y su idioma maternal

En la vida de Jesús no hubo un día sin oraciones ni bendiciones. No obstante él rompió, en parte con la tradición. Jesús siguió recitando el shemá, las bendiciones y las oraciones de regla, en hebreo. Pero en sus oraciones privadas con su Padre, Jesús habló con él en su idioma maternal; el idioma que había crecido con él desde que estuvo en los brazos de María: el arameo. Por eso el Padrenuestro, en su versión original, fue registrado en arameo y no en hebreo. Tanto el Padrenuestro como aquellas oraciones que él habló con su Padre tuvieron el sello especial de la intimidad y la expresión natural de su idioma nativo. Pero Jesús no solo usó el arameo para hablar con su Padre, sino que además se acercó a él con el íntimo y familiar abba, primera palabra que salía de los labios del infante cuando aprendía apenas a hablar: «papá».

Jesús no se guardó esta experiencia de oración para lo privado. Él enseñó a sus discípulos esta nueva dimensión en la vida de oración. Así, Jesús removió la oración de la esfera de lo litúrgico y del lenguaje sagrado, para colocarlo en el corazón de la vida cotidiana.

Una nueva dimensión al orar

Los discípulos de Jesús sabían orar cuando se le acercaron a pedirle: Maestro, enséñanos a orar (Lc 11.1). Su petición tenía que ver con el poder entrar a esa nueva dimensión en la vida de oración a la cual Jesús los invitaba: acercarse a Dios como Padre y hablarle en la intimidad que sólo le corresponde al diálogo entre un padre y su pequeño.

Esto, por supuesto tiene grandes implicaciones para la traducción de la Biblia. Es claro que las traducciones de tipo litúrgico y literario tienen un lugar importante en la vida religiosa de los cristianos. Pero con esta acción de Jesús se abre todo un importante y nuevo lugar para la presentación de la Palabra de Dios en el lenguaje y forma de hablar de cada miembro de la familia de Dios.

Cada niño y niña, cada hermano y hermana que conforman nuestras comunidades indígenas, cada miembro de la iglesia tiene el derecho de leer y escuchar la Palabra de Dios en el idioma que está más cerca de su corazón y de su infancia: el idioma materno o nativo.

Jesús no desplazó el idioma del mercado y del gobierno; tampoco desafió el lenguaje de la sinagoga y del Templo. Pero invitó a sus seguidores a acompañarlo en el lenguaje del hogar y de la intimidad paternal: el idioma que aprendimos desde el regazo de nuestras madres y en los brazos de nuestros padres. En ese lenguaje, Dios quiere hablarnos y quiere que nos acerquemos a él en oración.

Artículo publicado en Vive la Biblia. com